jueves, 2 de julio de 2020


La tragedia de llamarse Hemingway

           




·      A 59 años del suicidio del Premio Nobel

 

Por Guillermo CHAO EBERGENYI

 

 

Nació hace ciento veintiún años. Murió hace cincuenta y nueve. Si aún viviera sería un ser detestable pues representaba todo lo opuesto a los valores que hoy están de moda: misógino, y más que misógino macho; amante de la naturaleza y al mismo tiempo depredador de ella; combatiente sin causa, cazador y pescador empedernido, alcohólico irredento, suicida.

Yo me atraganté de Ernest Hemingway no por su vida, sino por su muerte. Me impresionó tanto la noticia de su suicidio el dos de julio de 1961, que leí en pocas semanas todos sus relatos que hasta ese momento sólo conocía por el cine. Tenía entonces quince años y me preguntaba porqué un hombre exitoso había decidido descerrajarse un disparo de escopeta en la cabeza.

Siete años después, en Cuba, pospuse un viaje a la ciudad de Santiago con tal de poder visitar su casa de Finca Vigía. Ahí, en el escenario creativo y descriptivo de algunas de sus mejores obras y peores borracheras, para entonces convertido en santuario hemingwayano, hice profesión de fe y me convertí en romero de esta interminable romería.

Hemingway me interesaba mucho como novelistas, pero me comenzaba a interesar más su parte menos conocida y celebrada, la de periodista:

>>Las fórmulas periodísticas han sido probadas, aprobadas y santificadas. Todas en conjunto se reducen a ciento diez reglas, de las cuales sólo dos son útiles:

>>Regla número 1: Usar frases cortas.

>>Regla número 2: Emplear un estilo directo, sin rodeos. Ser positivo. Describir con palabras efectivas. No usar adjetivos innecesarios. Cuando haya duda, cortar el párrafo. Abreviar las frases. Cortar, abreviar, cortar… No usar nunca dos palabras cuando con una baste. No buscar mirlos blancos ni grandes tragedias. Todos los mirlos son negros. Todas las tragedias  son grandes<<, escribió.

Hemingway era un maestro del relato porque era un redactor consumado:

>>La prosa es literatura, no decoración de interiores<<, había dicho.

Su nexo con el cine es generacional, inevitable e interminable. Irrumpió en el mundo literario justo en el momento en que el cine dejaba de ser mudo para convertirse en un espectáculo visual y sonoro (1927). Esa sonoridad, que atrajo a nuevos fanáticos del cinematógrafo, aparece también en las primeras obras de Hemingway a través de los diálogos de sus personajes, que “hablan” con insólita frecuencia, sobre todo si se compara sus novelas con las de sus antecesores y contemporáneos.

Hemingway tal vez no inventó la novela “parlante”, pero contribuyó a rescatar la literatura de los rincones de la introspección reflexiva donde la había dejado Dostoyevski, para ubicarla en un nuevo estrato de personajes que se expresaban en primera persona del singular y que, por lo tanto, resultan de carne y hueso a pesar de ser de papel.

Del patetismo de Crimen y castigo al desenfadado cinismo de París era una fiesta, no sólo hay dos generaciones de por medio, sino un proceso literario completo de diferencia.

>>Poner en las bocas de personajes construidos artificialmente las propias reflexiones intelectuales, quizá sirva para hacer un buen negocio, pero no para hacer literatura<<, dijo.

Si los personajes de Hemingway eran cínicos, es porque ante todo eran genuinos. Su originalidad provenía de la experiencia propia porque el autor los había vivido, bebido y convivido.

Participó y narró los San Fermines en Ahora brilla el sol (o Fiesta, como también se conoce esta novela); fue testigo y herido de guerra en el frente italiano antes que autor de Adiós a las armas, y corresponsal en la Guerra Civil Española antes de escribir Por quién doblan las campanas.

Su mayor pifia fue la única historia que tal vez no vivió plenamente: Se titula A través del río y entre los árboles, fue publicada en 1950 y resultó un fracaso monumental; pero Hemingway tenía un extraordinario poder de recuperación literaria, y con otra historia genuina, por haberla vivido muchos años y por ser su mayor fantasía, ganó el Premio Pulitzer, y en 1954 el Nobel de Literatura. El viejo y el mar vendió más de cinco millones de ejemplares y fue traducida a más de doce idiomas.

Como sucedió con muchas otras de sus historia, también esta fue llevada al cine. Aún recuerdo las largas colas bajo la lluvia de un invierno de 1959 para ver el estreno en el cine Las Américas de la ciudad de México.

Dos años más tarde, en su residencia campestre de Ketchum, Idaho, Hemingway tomó su escopeta marca Boss con la que solía cazar perdices en los maizales cercanos a su casa, y se voló la cabeza.

¿Qué lo motivó a terminar sus días de esa manera?

Poco antes del suicidio había declarado a uno de sus biógrafos:

 >>Cuando un boxeador ya no puede pelear, se retira. ¿Qué crees que debe hacer un escritor que ya no puede escribir?<<.

De tanto contar y vivir otras vidas, Ernest Hemingway terminó por vaciar la suya de golpe.

Algunos dicen que su instinto suicida fue activado unos meses antes, en diciembre de 1960, por las quince sesiones de electro-shocks que le fueron administrados en las Clínicas Mayo de Minnesota, supuestamente para curar su estado depresivo y delirio de persecución, pues aseguraba el FBI lo espiaba. Otros dicen que el instinto suicida provenía de familia. Su abuelo y su padre lo antecedieron en la misma manera de enfrentar y adelantar la muerte. Lo mismo hicieron su hermana Úrsula y su hermano Leicester, así como una de sus nietas, la actriz Margaux Hemingway.

 El estímulo de la autodestrucción era, en efecto, congénito; pero ahora se sabe que por otras razones. La principal de ellas se llama hemocromatosis, una enfermedad hereditaria y progresiva que impide al cuerpo humano metabolizar el hierro, lo que a la larga produce degeneración física y mental.

Qué fue entonces lo que condujo a Ernest Hemingway a amar el riesgo como una fórmula de retar al síndrome. La figura de  macho, que se creía cuidadosamente cultivada, era, en el fondo, la trágica representación de un ser profundamente enfermo que no se aceptaba a sí mismo, y que en su reto permanente a la virilidad iba posponiendo la trágica pero inevitable conclusión.

Tantas veces a punto de morir y no lograrlo, como en Italia, cuando terminó con doscientas esquirlas de mortero en una pierna; en África, donde acabó semi paralítico al estrellarse en un avión; o en la corriente del Gofo de México, donde, patético y ebrio perseguía submarinos nazis a bordo de un yate de recreo, debió llevarlo a convicción de que sólo Hemingway podía terminar con el personaje que había creado a lo largo de su vida, y que a diferencia de los demás, a éste otro lo traía adentro, inseparable, constante, perverso.

Como en la mayoría de sus novelas, Hemingway tenía que matarlo. Lo hizo minuciosamente, sin piedad ni concesión. Él era un cazador experto y sabía de lo que era capaz un disparo de escopeta Boss calibre 12.

Juan Belmonte, uno de los mejores toreros españoles y también suicida, produjo una de las grandes frases de la sabiduría popular universal. Belmonte no era filósofo porque no quiso. Dijo: >>En el mundo sólo hay dos clases de hombres: cazadores y pastores<<.

 Hemingway era de los primeros. No crió para matar. Mató para crear.

 

 

 

   

viernes, 17 de febrero de 2012


LA DESTRUCCIÓN DE LA IMAGEN
Por Guillermo Chao Ebergenyi
Henri Cartier-Bresson fue el creador del concepto fotográfico llamado el instante decisivo, es decir fue el creador de la instantánea fotográfica. Sin embargo, estoy seguro de que cuando Cartier-Bresson concibió esta teoría no pensaba en el tipo de imágenes que ahora vemos en las redes sociales -y cada vez más en los noticieros de televisión-, donde el deterioro de la calidad de la foto-noticia es desalentador.
En un intento por contrarrestar sus perniciosos efectos, el año pasado produje la serie de televisión llamada “Historia de una foto”. Lo hice con la idea de enaltecer el valor histórico y estético del fotoperiodismo, y como protesta -por vías de comparación- contra el material de bajísima calidad técnica y temática que actualmente se difunde.
En esa serie conté la historia de algunas fotografías célebres y de sus autores, todos ellos profesionales que con gran riesgo personal, oportunidad, calidad, sensibilidad y maestría, nos mostraron las guerras, los desastres, el amor, el desamor, la oculta geometría de los objetos y la vida cotidiana de los pueblos.
Si esos fotoperiodistas sensibles y valientes presenciaran lo que actualmente se capta con cámaras digitales miniaturizadas, sin duda que alguien como Robert Capa, Gerda Taro, David Seymour, Eddie Adams, Steve McCurry, Kevin Carter, Paul Strand, Edward Weston, Dorothea Lange y Manuel Álvarez Bravo renegarían de ello y se volverían a morir. Y los que aún viven, como Pedro Valtierra, rechazarían el uso que en estos días se le da a una cámara fotográfica.
¿En dónde están los viejos y exigentes editores de fotografía de las grandes agencias noticiosas? Buena pregunta.
En la década de los años ochenta tuve oportunidad de trabajar con Ted Majewsky, el legendario director de fotografía de United Press International. Junto a él aprendí que detrás de aquél hombre de carácter rudo se ocultaba un sensible creador de imágenes noticiosas. Majewky era tan duro con sus fotógrafos, que jamás permitió “subir”, como ahora se dice, una foto al servicio de noticias sin antes someterla al proceso de edición.
Esos valores se han perdido ante el nuevo canon de la inmediatez generado por las redes sociales, que “trepan” (más que suben) a la red todo tipo de basura, lo mismo fotos fuera de foco que videos vibrados o historias estúpidas.
Pero más lamentable aún es que los fotoperiodistas sean una especie en vías de extinción porque las grandes televisoras y agencias de noticias prefieren difundir las pésimas imágenes captadas por aficionados, que las grandes fotos de los profesionales.
La economía del mal gusto, finalmente, asesinó al arte fotográfico, de la misma manera que la truculencia del photo-shop masacró lo genuino al falsificar la realidad.